Fotografía social en lugares oscuros

Fotografía espontánea sin flash, sin trípode, desde lejos, sin ayuda.

Suerte, un día soleado con viento fresco, cierzo seguramente, a finales de agosto. Un día soleado en el que a veces las nubes se pasean por delante del sol, allá arriba, en el cielo, reduciendo la luz que se cuela por las pequeñas ventanas de la Iglesia de San Andrés, en Torres de Berrellén, un pueblo de la provincia de Zaragoza. Suerte, un día soleado para mirar a través de la cámara.


Después de pasear por las calles del pueblo, camino hacia el interior del templo, donde tendrá lugar la comunión de cuatro pequeños. Camino hacia un mundo de sombras y tenues luces que rodean los brillos fuertes que a veces llegan en caída libre sobre algún rostro, desparramándose por los hombros y las manos, pintando instantes preciosos y facilitando el enfoque de la cámara con el enorme contraste que se genera.


Nada más entrar, observo a mi alrededor, encontrando a las familias e invitados de los comulgantes en un silencio de murmullos, expectantes todos, moviéndose levemente, como queriendo asomarse entre los huecos que dejan ellos mismos. Rendijas entre hombros, brazos y cabezas desde las que otear y llevarse el recuerdo del ritual, con suerte incluso una fotografía robada con la cámara del teléfono móvil.


Guardo silencio yo también y observo los ventanales y vidrieras sencillas, los arcos, los colores de los que están pintadas las paredes, los arbotantes, los retablos, cuadros, esculturas, bancos. Me hago idea del color que domina, de la temperatura de la luz general. Soy consciente del tipo de fotografía que se puede obtener en lugares oscuros si decides no utilizar flash, o trípode, o cualquier luz de ayuda y relleno que puedas transportar. Soy consciente del tipo de iglesia a la que accedo, en este caso, una sencilla y bonita iglesia de estilo gótico-renacentista, del siglo XVI, que como todas las iglesias de la época, su intención, arquitectura y materiales no permitían inmensas aperturas para la luz. Soy consciente además de la atmósfera recogida e íntima que la fe de sus constructores buscaban lograr. No quiero destruir esa atmósfera con luces cegadoras, duras y extrañas, así que decido complicar aún más la fotografía evitando la primera línea en la que otros fotógrafos concurren y revolotean con sus destellos de flash.


Con un diafragma muy abierto y una distancia focal larga, me alejo entre los asistentes, observando desde atrás, con los invitados de las últimas filas, junto a los de los extremos de los bancos, buscando puntos de vista lejanos, robando sonrisas y miradas que ignoran la mía, captando instantes de luz creciente y decreciente según indicación de las nubes que bailan delante del sol, allá afuera en el cielo claro.


La fotografía resultante es oscura, la profundidad de campo es pequeña, el foco es más difícil, el detalle es menor y los colores de las luces se mezclan creando zonas muy marcadas. Pero la fotografía resultante es más fiel a la realidad, más cercana desde lo lejano, más natural, más humanizada y la atmósfera respira auténtico recogimiento e intimidad.