La unión de las sonrisas.

Dos días de fotografía, alegría y sonrisas entre las luces de Cádiz.

Caminé desde la entrada del cortijo entre silenciosos árboles con mi cámara, trípode y flashes mientras el sol me achicharraba. A lo lejos, alguien acomodaba mesas y sillas en silencio donde, imaginé, sería el sitio exacto del banquete nocturno que tendría lugar. Todo estaba en calma, pero como conteniendo la emoción antes de la gran fiesta, tras la fiesta.

El día anterior, luces cálidas que llenaban el corazón y el interior, endulzaban las retinas con naranjas imposibles, en competencia directa con la sal del cercano Atlántico que se pegaba a los labios, a escasos metros de las olas en Zahara de los Atunes, bajo la mirada lejana del solitario faro de Trafalgar, grande y pequeño en la distancia, detrás de la bruma en el horizonte.

Volví de mis pensamientos y recuerdos de la fiesta del día anterior. Era algo pronto, los trabajadores del cortijo habían desaparecido en busca de más sillas y mesas que acomodar.

No quería perderme ningún detalle de los preparativos previos. Para eso estaba allí, para la novia y el novio, para conseguir un reportaje de boda emocionante pero sin artificios, captando todo lo que aquellos días de alegría deparaban.

Holas sin respuesta entre habitaciones y salas, entre sol y sombra, hasta que por fin me encontré con la novia todavía en fase de peinado y maquillaje. ¡Qué nerviosa, alegre y animada parecía al mismo tiempo! Aproveché para medir la luz en diferentes zonas de la sala, con mi exposímetro y acepté que la luz exterior natural, más azulada, se mezclaría con los tonos cálidos de la luz de las bombillas. La enorme habitación donde preparaban a la novia, que se miraba concentrada en sí misma frente a un espejo, estaba llena de carácter, ya que al igual que el resto del cortijo, las paredes y suelos frescos de piedra, filtraban misterios al visitante, haciendo imaginar las decenas de historias transcurridas durante años en aquel lugar.

Con el paso de la mañana, la luz del exterior, tan llena de energía, terminó por inundar la estancia, rebotando suave por todas partes. Me gustó tanto que decidí finalmente dejar de utilizar los flashes como luz de relleno, evitando estropear la atmósfera pausada y refrescante que nos rodeaba. En ese momento recordé los intensos naranjas de la tarde anterior, y la importancia de la luz natural frente a los artificios muy marcados, recordé como cayó el día y el sol tras el horizonte, más allá de las colinas, hacia Los Caños de Meca, y como, a lo lejos, sobre la arena tibia aún, las barcas se dormían poco a poco en la playa, sedadas por el ronroneo de aquel mar de verano.

Tras fotografiar los preparativos de la novia, fotografiar el ramo, el vestido y una tonelada de detalles, me dirigí hacia Vejer de la Frontera, donde esperaban ya el novio e invitados dentro y fuera de la espartana y sencilla iglesia del Divino Salvador, probablemente del siglo XVI o quizá anterior, la cual me hacía pensar en antiguas aventuras de ultramar que alguna vez había leído, y en las primeras construcciones de los colonizadores en América del sur, por el estilo exterior del edificio.

La luz natural una vez más, se colaba alegre en el interior por las ventanas, algunas de ellas formadas por preciosos vidrios multicolores, y por la gran puerta abierta completamente.

Normalmente las iglesias en las que he realizado fotografía de boda u otro tipo, son lugares con muy poca luz, en los que a veces se mezclan luces artificiales tenues de diferentes temperaturas de color, que obligan a tomar fotografías con diafragmas muy abiertos, aumentar el tiempo de exposición a la luz o adaptar la sensibilidad de las cámaras para que capten más detalles, pero al mismo tiempo llenando de ruido aleatorio las imágenes y obteniendo aberraciones cromáticas importantes. La iglesia de Vejer sin embargo, con la puerta abierta, tenía mucha más luz de lo habitual, logrando resultados muy dignos, sin el uso de flash o luces de apoyo. De todas formas, el trípode fue mi aliado para algunas instantáneas.

La celebración siguió su curso, la salida de los novios dio lugar a los abrazos, el día dio paso a la noche, el banquete a las risas y las risas a la música. Mientras todo el mundo bailaba alegre y disfrutaba, aproveché para alejarme y tomar perspectiva, situando la música delante de mí y el silencio del campo y la noche a mis espaldas. Conté los pasos de una esquina a la otra de la piscina, situé el trípode en el medio, monté mi cámara, puse mi ojo en el visor y esperé a tener esa sensación única que surge cuando sientes que todo está en su lugar dentro de la foto. Inspiré profundamente y apreté el disparador de la cámara. Era la una y veintisiete minutos de la madrugada.